Datos biográficos

Mi nombre es Gemma Fortino Orga. Mi primer apellido suena italiano porque mis antepasados vinieron de Milán en el siglo XVIII, pero ahora ya no queda ni rastro de la cultura italiana en mi familia. Yo nací en Barcelona el año 1977, un verona que no hacía mucho calor. Mis padres regentan una panadería con tres generaciones de antigüedad  (cuatro si me cuento yo) en el corazón del barrio de Gracia. Yo crecí entre barras y galletas, y siempre con cuidado de no hacer demasiado ruido cuando mi padre dormía, que era de día. Como mis padres trabajaban muchas horas, muchas veces yo estaba a cargo de mis dos abuelas.

Cuando tenía tres años nació mi hermano, y con él un poco de competencia. Los juegos de construcción y más tarde los de ordenador fueron los que más compartimos. Cuando fuimos un poco más mayores, nos tocó ayudar en la tienda los sábados. Aunque empezamos por turnos, un sábado él, un sábado yo, al final me quedé siempre yo, a cambio de una semanada mayor, En mi familia se aprendía deprisa que las recompensas vienen después del esfuerzo. Lo mismo habían aplicado cuando empecé a decir que quería un perro, a los seis años: tuve que sacar el polvo cada dia en casa varios meses hasta que me lo regalaron. Desde entonces, siempre he tenido animales.

El esfuerzo de estudiar no fue duro. Desde que entré en la escuela, ya nunca he dejado de estudiar, pues me gusta aprender y no tengo mala memoria. Después de los estudios básicos i de bachillerato (BUP y COU en esa época), entré en la facultad de veterinaria de la UAB, donde cursé  toda la carrera con notas más bien bajas. Allí invertí seis años de mi vida, y mi intención era dedicarme a la etología, que es el estudio del comportamiento animal. Para ello, decidí seguir estudiando psicología, después de trabajar un verano de veterinaria de guardias y darme cuenta que no tenía suficiente capacidad visual para  tratar según qué casos. Mis ojos han quedado con una agudeza visual menor que a la mayoría de las personas, seguramente por alguna fiebre que afectó mi nervio óptico ya de pequeña.

En psicología, descubrí que las asignaturas me gustaban en general todas, y que no me constaban nada de entender y apender. Mis padres me propusieron trabajar durante las mañanas en la panadería (las clases eran de tarde), y acepté. He de decir que trabajando allí he aprendido mucho sobre la gente y sobre mí.

Cuando acabé la carrera me apunté a un máster de psicoterapia, y después a otro, y luego a un posgrado. Y luego empecé a hacer los varios cursos de EMDR que se ofrecían en Barcelona, y a asistir a sesiones de supervisión en un centro de terapia breve, Ya desde el final del segundo máster, en 2008, empecé a visitar pacientes, primero en una consulta que monté en mi piso (me acababa de independizar para irme a vivir con mi pareja), y luego en el despacho de Paseo de Gracia donde sigo ahora, colaborando con varias psicólogas y una psiquiatra.

En estos momentos siento que estoy haciendo lo que llevo dentro y que mejor sé hacer, que es ayudar a las personas a movilizar y ampliar sus recursos para cambiar lo que no les gusta de su vida. Al mismo tiempo, el conocimiento de los libros, los cursos y el que me regalan los propios pacientes, me ayuda a mantener viva mi curiosidad y a entender que por más que aprenda siempre hay cosas a mejorar.

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