Entender la ansiedad

Todos experimentamos ansiedad a lo largo de nuestra vida, y en repetidas ocasiones. Es una emoción básica y universal que compartimos con el resto del reino animal. Su función es protegernos. Sus efectos están dirigidos a combatir el peligro o escapar del mismo (lo que se llama respuesta de lucha-huida).

La ansiedad prepara nuestro cuerpo para reaccionar ante situaciones amenazantes. Imaginemos que estamos cruzando la calle y, de repente, oímos el ruido de un coche acelerando en nuestra dirección. Automáticamente, nuestro cuerpo se activa bajo la emoción de la ansiedad, la cual nos permite movernos con suficiente rapidez como para escapar al peligro inminente del atropello. Si no sintiéramos ansiedad, nada nos impulsaría a salir rápido de la calle…

De la misma forma, es totalmente natural, y apropiado, sentir ansiedad cuando nos adentramos en una calle oscura en un barrio peligroso, o cuando oímos un ruido en casa cuando en teoría no hay nadie más que nosotros. La ansiedad nos prepara para actuar. La ansiedad es una respuesta, pues, al peligro o la amenaza.

En función del tipo de amenaza, podemos sentir más o menos ansiedad. Por ejemplo, ante un examen, es normal que estemos un poco preocupados ya que no queremos suspender. Esa mínima ansiedad puede crecer si consideramos ese examen muy importante y nos sentimos poco preparados. En un grado mucho más intenso, la ansiedad puede experimentarse como miedo intenso o pánico, por ejemplo, si nos atracan o presenciamos un crimen.

Las sensaciones de la ansiedad

Es interesante comprender cómo es esa respuesta ansiosa de lucha-huida, y qué función tiene en la naturaleza para contribuir a la supervivencia. Podemos imaginarnos una situación hipotética en la que un ser humano de la prehistoria se da cuenta que está rodeado de depredadores. Las reacciones y sensaciones físicas que experimentaría serían las mismas que un ser humano del siglo XXI que se queda encerrado en un ascensor y piensa que se le va a acabar el aire. La diferencia seria que el humano prehistórico sacaría provecho de la ansiedad, mientras que el humano del ascensor sólo lo pasaría mal esperando que viniera alguien.

Así, la ansiedad prepara los diferentes sistemas del cuerpo para responder de la mejor forma al peligro:

–       Se produce un incremento en el ritmo cardíaco y en la fuerza del latido. Esto es vital de cara a la preparación para la actividad intensa que supone escapar o enzarzarse en una lucha, ya que garantiza la aportación de oxigeno a los órganos, especialmente a los músculos.

Por este efecto es tan típico sentir que el corazón late deprisa o más fuerte durante los periodos de     elevada ansiedad o pánico.

–       La sangre se concentra en los sistemas que más lo necesitan (los músculos), retirándose en gran medida de los sitios menos necesarios en ese momento. Así, la sangre no llega tanto a la piel y los dedos de manos y pies.

Por eso, la piel se ve pálida y está fría, y los dedos también se enfrían y a veces se          entumecen u   hormiguean.

–       Se produce un incremento en la velocidad y profundidad de la respiración, ya que el cuerpo necesita todo el oxígeno posible.

Las sensaciones producidas por este incremento pueden inducir la sensación de falta de aliento, de ahogo o asfixia, incluso dolores u opresión en el pecho. Un efecto secundario del             incremento de la       respiración, especialmente si no le sigue ninguna actividad física intensa, es que el aporte de la      sangre a la cabeza disminuye. Esto no es peligroso en absoluto, pero produce molestos síntomas        como mareo, visión borrosa, confusión, irrealidad y oleadas de calor.

–       Las pupilas se dilatan para dejar entrar más luz y ampliar el campo de visión.

Eo puede producir visión borrosa y la impresión de tener puntitos luminosos enfrente de los ojos,   entre otras cosas.

–       Hay una disminución de la salivación ya que el sistema digestivo es poco importante en un momento de lucha-huida.

Esto provoca que la boca quede seca y nos cueste deglutir.

–       Hay una menor actividad del sistema digestivo (al que no le llega tanta sangre como en reposo).

Esto puede dar náuseas, pesadez de estómago, estreñimiento o diarreas.

–       Hay un incremento de la sudoración con la finalidad de enfriar el cuerpo y permitir que se mantenga una gran actividad durante más tiempo.

–       Algunos músculos se tensan, y esto produce sentimientos subjetivos de tensión, que a veces se acompañan de dolores, temblores o sacudidas.

Todo esto consume mucha energía, así que después de sentir una gran ansiedad uno se siente agotado.

 

Pero… ¿miedo a qué?

Como hemos visto, el efecto principal de la respuesta de ansiedad es poner en alerta el organismo de la posible existencia de un peligro. En nuestra sociedad no prehistórica, ese peligro no existe en realidad la mayor parte de las veces. Es más, en los ataques de pánico (también llamados crisis de angustia) las personas están atemorizadas de sus propias sensaciones corporales de la respuesta ansiosa de lucha-huida que acabamos de enumerar. Aparecen pensamientos del tipo “me estoy muriendo”, “estoy perdiendo el control”, “me volveré loco”, “tengo un ataque al corazón”…

Estas interpretaciones de los síntomas físicos son realmente atemorizantes, es comprensible que produzcan miedo y pánico. A la vez, este miedo produce más síntomas físicos y más intensos, y se entra entonces en un ciclo de “miedo al síntoma – incremento del síntoma”, ya que cada vez se estará más atemorizado por las sensaciones lo cual generará una intensificación de éstas.

Ahora bien, ¿por qué experimenta usted los síntomas físicos de la respuesta de ansiedad si no se está asustado de nada?

De hecho, hay muchas maneras en que estos síntomas se pueden producir, no sólo a través del miedo. Una muy común es el estrés, que puede dar algún síntoma de este tipo de cuando en cuando. También el hecho de respirar demasiado rápido puede generar las mismas sensaciones.

Es importante señalar que el recuerdo de la experiencia de un ataque de pánico puede producir miedo en sí mismo. La simple idea de poder empezar a tener uno puede iniciar todo el ciclo de “miedo al síntoma- incremento del síntoma”.

 

Lo que no va a pasar

Ninguno de los síntomas explicados, de las sensaciones físicas de ansiedad, son peligrosos. Su función es protegernos, no dañarnos.

–       No pueden hacer que nos volvamos locos. La locura no empieza con un ataque de pánico, sino que es gradual y restringida a unas pocas familias, ya que tiene base genética.

–       No es posible perder el control y dañar a los otros (éstos no son la amenaza). Aunque se sienta aturdido o irreal, usted seguirá pensando por usted mismo.

–       Tampoco se puede producir un colapso nervioso por una “sobrecarga” del sistema. Nuestro sistema nervioso se autorregula. Después de experimentar una gran ansiedad, ésta, necesariamente, acaba bajando. Rarísimas veces una persona puede desmayarse debido a un ataque de pánico, pero si esto pasara, recobraría la conciencia en pocos segundos con la sensación de haber “apagado” la ansiedad.

–       No se va a morir de un ataque al corazón. Mucha gente confunde un ataque de pánico con un ataque al corazón, pero tienen presentaciones muy diferentes. El ataque al corazón sucede en un momento de gran esfuerzo físico, y los síntomas asociados (falta de aliento, dolor en el pecho o en el brazo izquierdo, palpitaciones, desvanecimientos) desaparecen cuando se descansa. En cambio, los síntomas asociados a los ataques de pánico ocurren frecuentemente durante el descanso y parecen tener voluntad propia a la hora de aparecer y desaparecer.

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